(…) El conductor sentado en su silla de hierro se enorgullecía de la rectitud de las líneas que no se hacían por disposición suya, del tractor que ni poseía ni amaba, de ese poder que no estaba bajo su control. Y cuando aquella cosecha crecía y luego se segaba ningún hombre había desmigajado un terrón caliente con sus manos dejando la tierra cribarse entre las puntas de los dedos; ninguno había palpado la semilla ni anhelado que ésta germinase. Los hombres comían algo que no habían cultivado y no había conexión entre ellos y el pan. La tierra daba frutos sometidos al hierro y bajo el hierro moría gradualmente; porque no había para ella ni amor ni odio, y no se le ofrecían oraciones ni se le echaban maldiciones.

J. Steinbeck

Después de casi cien años durante los que este concepto se ha extendido a todos los ámbitos de la producción humana, ya sólo queda amor y respeto para nuestro propio culo. Las uvas de la ira es un librazo. Obra maestra. Parece mentira que fuera escrito en los años 30 y con esa coyuntura tan aparentemente distinta a la actual.

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